
Nuestro ser físico -el cerebro y el curepo que pueblan el sustrato material de cada persona- ha sido durante mucho tiempo el paradigma absoluto de lo que consideramos, en su condición original, devastadoramente importante y más allá de nuestro poder para actuar y, por tanto, fuera del ámbito de nuestra responsabilidad individual o colectiva. (...)
El terror que muchos de nosotros experimentamos al pensar en (las antropotécnicas) no es un terror fundado en lo que es incorrecto, antes bien, es el temor de perder nuestro asidero sobre lo que es incorrecto. (...) Los cambios más radicales operados en los límites entre azar y elección pondrían de algún modo en jaque a la moralidad misma: en el futuro no existiría diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. (...) Nuestras convicciones morales profundas -un gran número de ellas- resultarían socavadas, nos encontraríamos en una especie de caída moral libre, deberíamos volver a pensar en medio de un transfondo nuevo con resultados inciertos. (...)
Es cierto que jugar a ser Dios es jugar con fuego. Pero es lo que hemos hecho nosotros los mortales desde Prometeo, el santo patrono de los descubrimientos peligrosos. Juguemos con fuego y asumamos las consecuencias, porque la alternativa es la cobardía frente a lo desconocido.
Ronald Dworkin, Jugar a ser Dios: genes, clones y suerte, Claves de Razón Práctica, nº 135, septiembre 2003