
Nietzsche, en su crítica a la moral cristiana, utilizaba la siguiente ilustración: por un lado, existe un cordero, que es débil e impotente, que vive temeroso; por otro lado, se halla el águila imperial, poderosa y rápida, que vuela despreocupada y es feliz por ser como es. El cordero siente miedo porque puede ser devorado por esta ave rapaz, mientras que el águila, mira al cordero con buenos ojos, pues este es en potencialidad su alimento.
... se reconoce en el monólogo a los hombres fuertes, prominentes, nobles, grandes, que equivaldrían a las águilas (casta de los guerreros), es decir, seres que se afirman a sí mismos como resultado de su propia fortaleza. Nietzsche indicaba que este animal está dominado por fuerzas activas o primarias, que expresan su voluntad de poder como expansión u ofensiva, esta es la moral aristócrata o de señores. En contraste, se deja ver en el mismo, a los hombres viles, deshonestos, engañadores, que viven por las “leyes del lobo”, quienes se asociarían con el cordero (casta sacerdotal), el que está sujeto a fuerzas reactivas o secundarias, que expresan su voluntad de poder en su carácter defensivo, reflejo de su mero instinto de conservación, esta es la moral de esclavos o del rebaño.
Pero ¿cómo pudieron vencer estas fuerzas reactivas a las activas dada la naturaleza de ambas?.
“Porque para su victoria incondicional… es también esencial la colaboración de otros. Es decir, todo lo que es excelente, grande en algunos aspectos y noble… no debe participar en ningún tipo de lucha. No debería haber ningún tipo de forcejeo,… sólo la repentina desaparición de una parte,… significa la desaparición de todo lo excelente, lo grande, lo noble.”
Para entender esta cita, es preciso señalar que, según Nietzsche, como las águilas no tienen la necesidad de negar al otro, porque su voluntad que afirma, no se opone a nada, ni de despreciar a la fuerza sobre la que ejercen su dominio, la clase de los corderos tuvo que comenzar a acorralar los valores propios de la naturaleza aristocrática, y a invertir estos, en otras palabras, lo que era “bueno” originariamente (según la moral afirmativa dictada por los guerreros), pasa a ser visto como “malvado” o “condenable”, mientras que sus propias cualidades (moral reactiva sacerdotal), se proclaman como virtuosas y son recompensadas. En otros términos, el fuerte, noble, excelente, es visto por el otro/débil como “malo”, toda vez que negarlo, desacreditarlo y opacarlo, le permite a sí mismo, autoafirmarse y brillar.
Nietzsche argumentará que los corderos, amenazados y envidiosos por y de estas águilas, sin capacidad de contentarse consigo mismos por su debilidad intrínseca, transmutaron los valores de la historia, tachando a estos de “malvados” y proclamándose a sí mismos como “buenos”, sin gozar por naturaleza de esta bondad y afirmación de las águilas. Los corderos, inseparables de las masas o rebaños, no vencieron a las águilas porque contaban con un mayor número, bajo el lema “la unión hace la fuerza”, sino porque consiguieron neutralizar a estas aves, haciéndoles perder su potencia y transformando su envidia y rencor en una condena moral: “tú, Otro, eres malvado, tú eres el responsable de mis males, mi debilidad es tu culpa, yo soy una víctima”. Este odio y resentimiento, consiguieron que el águila se avergonzara finalmente de su condición suprema y se sintiera culpable (mala consciencia), dejando de ser un animal dominado por las fuerzas activas y cediendo ante el triunfo de los corderos.
Es así entonces, que estos corderos, estas fuerzas reactivas (débiles, esclavos, resentidos) se proclaman como los “victoriosos ganadores” que “gobiernan la tierra”, a quienes todo les pertenece y quienes “todo pueden ponerlo en sus propias manos”, de hecho, como indica el visitante, y según puede interpretarse de manera implícita, el hombre ha matado a Dios y en su lugar, se ha puesto a sí mismo, ahora “el cielo ya es suyo y todos nuestros sueños les pertenecen. Suyo es el momento, la naturaleza, el silencio eterno. Incluso la inmortalidad es suya”. Por ello, nada se escapa ante su omnipresencia, “no hay ni el más mínimo rincón… donde uno pueda esconder algo de ellos, porque todo pueden ponerlo en sus propias manos.”
Constanza Chacón Arancibia, Aproximaciones hacia una lectura nietzscheana del filme El caballo de Turín, Recobrado 23/11/2024